Una de las barreras psicológicas más fuertes a la inteligencia creativa es el temor al ridículo. El síndrome provoca que todos los individuos de un grupo se parezcan unos a otros, se vistan iguales, empleen en su conversación los mismos términos para no ser rechazados por los demás miembros y otorguen a sus existencias el mismo objetivo. El grupo, por su parte, se encarga de volver a su sitio a quien se aleja de él o intenta diferenciarse.
Desde el interior, cada miembro cree estar hacién¬dolo bien si cumple con la norma, aunque eso signifi¬que rechazar sus inclinaciones, ocultar sus gustos, y en fin, disfrazar su propia personalidad, desarrollando una neurosis o un insidioso estado de tensión.
Por otra parte, las grandes ideas casi nunca surgen de grupos homogéneos. Los albores de la ciencia crecieron más en un puñado de islas del Mar Egeo que en las sólidas estepas de Mesopotamia, porque en ese archipiélago podían mantenerse en contacto sin fundirse entre sí distintas visiones del universo que generaron la primera controversia. Los grupos homogéneos, en cambio, sólo pueden dogmatizar los aportes al pen¬samiento convirtiéndolos primero en panaceas para luego al darse cuenta de que no lo son desecharlos por inútiles.
La sabiduría se forma en el interior de los individuos en base a asimilar contradicciones. Las ideas filo¬sóficas, los conocimientos científicos, y las actitudes de un individuo o un grupo son casi siempre contradicto¬rias. Lo mismo sucede con las directrices con que nos bombardea la sociedad respecto al desarrollo industrial, el respeto por el medio ambiente, el amor a los animales, la pobreza de espíritu y el éxito, entre una infinidad de tópicos. Incluso en la ley es aceptable un grado de contradicción, en la medida que el que la aplique sea poseedor de eso que llamamos sentido común.
No obstante, si no se tiene una guía interior es fácil perder la capacidad de discernimiento y la orientación. El que está desorientado necesita depositar toda su fe en algo. El efecto se manifiesta en muchos empre¬sarios, que sienten vértigo ante los cambios actuales, y están llanos a desechar lo que saben y aceptar como dogma lo que se les ofrece. Han llegado, por ejemplo, desde Estados Unidos, enfoques de organización, que van desde la Teoría Z hasta la Reingeniería, pasando por Calidad Total, Excelencia, Benchmarking y otros. En general son ideas que rompen esquemas ya inservibles para un mundo en que las expe¬riencias positivas del pasado no avalan en absoluto los resultados de aplicarlas hoy.
Su efecto sobre la manera de dirigir empresas fue fructífero entre los gerentes que las estu¬diaron con beneficio de inventario, para mejorar su pro¬pio estilo a despecho de su envoltorio de panaceas yankis. Pero muchos las tomaron siguiendo el pie de la letra como grandes soluciones excluyentes y contra¬puestas y las adoptaron como dogmas de fe.
Las ideas de Calidad Total elaboradas por W. Edwards Deming, por ejemplo, pueden dogmatizarse a un punto en que simplemente no sean prácticas. Hacer las cosas bien a la primera podría significar que todo lo que es experimental, es decir, falible, quedaría proscrito. Los inventores de máquinas voladoras que cayeron desde alguna cumbre dando fre¬néticos aleteos, serían ejemplos claros de lo que no debe hacerse ni debió haberse hecho nunca, ya que bastaba la física teórica para demostrar que era mucho mejor tener alas rígidas que batientes. Y el dogma proscribe tanto a los her¬manos Wright como al primer aeroplano desarrollado por los franceses, un armatoste de cabrestantes y cuerdas innecesarios para volar: ellos debieron ha¬ber investigado en duraluminio en lugar de usar telas, y en vez de la hélice (de tan bajo rendimiento) debieron haber tentado suerte con el motor a reacción. Quien dogmatiza un concepto no tardará en lle¬varse una desilusión y desecharlo. Perderá su fe por un tiempo y luego buscará otra panacea que llene nuevamente el vacío.
Por otra parte, es cierto que se necesitan industriales que hagan las cosas bien (aunque no sea a la primera), pero también se necesitan viejos que salgan a la calle en vehículos estrafalarios inventados por ellos mismos, y ministros que se pongan nerviosos con el protocolo, se les escapen gallos en los discursos y se vean preocupados en las fotos en lugar de esa eterna sonrisa de optimismo. Se necesitan especuladores que vendan joyas en la plaza y animadores que se equivoquen ante las cámaras. Se requiere urgentemente per¬sonas que vivan en casas en las que el papel se desprenda de las paredes por simple descuido como eran los padres de Stephen Hawkins y no sea eso lo que más les importe.
Actualmente los tipos peculiares sólo son acepta¬dos cuando tienen dinero, o sea, después de haber alcanzado lo que entendemos por éxito. Pero la apertura a una sociedad menos inclinada a la censura o -peor aún- a la autocensura, es esencial para supe¬rar el estancamiento intelectual.
Alejandro Covacevich
Recursos del Autor:-
Autor de "Elogio de la ambigüedad"